RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA DE LOS ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ

 

‪2. El Espíritu del Señor en el Antiguo Testamento‬

En el Antiguo Testamento son contadas las veces que encontramos una referencia exacta usando las palabras Espíritu Santo. Sin embargo haciendo el análisis de algunos textos notamos la acción del Espíritu de Dios actuando a través de la historia de la Salvación. 

En las tradiciones Yahvista y Eloísta encontramos dos vertientes básicas del entendimiento del Espíritu: “En una mano, en un sentido antropológico fue entendido como el aliento de vida recibido directamente de Dios. En la otra mano, espíritu fue entendido como un divino impulso el cual venía algunas veces por la vía de palabra de profecía o conocimiento o sabiduría”.[1] La tradición Deuteronomista nos presenta una versión bien carismática del Espíritu: “espíritu maravilloso trabajador, el cual viene sobre el receptor de una manera extática sea para manifestar una escogencia divina o en una instancia para proteger a David, el ungido de Dios de cualquier daño”.[2] Finalmente podemos concluir la Pneumatología (Teología del Espíritu Santo) de la tradición Sacerdotal en la siguiente definición: “El hombre, como el universo, vive y conoce la paz cuando el Espíritu de Dios sopla sobre su caos y la palabra de Dios dirige su vida”.[3]

En los profetas del exilio y retorno vemos el despertar de una nueva Pneumatología, empezando con Ezequiel y siguiendo bien ilustradamente con Jeremías e Isaías, tal como lo describe Montague: “La nueva alianza del corazón prometida por Jeremías será una alianza de un nuevo espíritu. Con Isaías el Espíritu del Señor parece ser un importante agente de la nueva creación”.[4] Además en el mismo Isaías “el Espíritu sigue estando primordialmente ligado al rey como expresión de la presencia divina con vistas a las tareas de justicia y de prosperidad que tiene que desempeñar”.[5]

Finalmente el Salmo 51:12-14 lleva a un culmen la teología del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, cuyas dimensiones personales y experienciales serán profundizadas en el Nuevo Testamento. Es así que deseo citar el canto del salmista: “Crea en mi, oh Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mi renueva no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mi tu Santo Espíritu”. 

Como el fin de este artículo es presentar una teología práctica, también deseo mencionar algunos textos del Antiguo Testamento en los cuales vemos una labor activa del Espíritu Santo. No es posible aquí hacer un análisis exhaustivo de todos los textos, pero presentaré un ejemplo de cada una de las tres áreas en las que pretendo concentrarme: ministerio carismático, carismas espirituales y profecías del derramamiento del Espíritu Santo. 

En primer lugar veremos varias referencias a ministerios carismáticos, por ejemplo como Dios revela por medio de palabra de conocimiento a Samuel quien es el elegido para ser rey de Israel y a la vez el Espíritu se posa sobre David ungiéndolo para su ministerio (1 Sam. 16:6-13).

En segundo lugar podemos hacer referencias a ciertos carismas del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, un ejemplo típico es en los profetas, tal como vemos en el caso de Ezequiel: “Esa voz me dijo: Levántate, hijo de hombre, porque voy a hablarte. Cuando me habló, un espíritu entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba (Ez. 2:1-4).

Finalmente el Antiguo Testamento presenta varias promesas del derramamiento del Espíritu Santo, quiero aquí citar al profeta Joel, al cual se refiere el mismo apóstol Pedro después del derramamiento en Pentecostés, para usarlo como un enlace en nuestros próximos artículos del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento: “Después de esto, yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones. También sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días”. (Jl. 3:1-2). 

 

[1] George T. Montague,The Holy Spirit: Growth of a Biblical Tradition,(New York,NY:Paulist Press, 1976), 16.

[2] Ibid., 32.

[3] Ibid., 68.

[4] Ibid., 60.

[5] Jesús M. Asurmendi, El Espíritu Santo en la Biblia, (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 1998), 12.

 
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