
Andrés Arango

Andrés Arango posee una maestría en estudios teológicos de la Franciscan School of Theology en Berkeley, California. Fue coordinador del Comité Nacional de Servicio Hispano de la Renovación Carismática Católica de los Estados Unidos y Canadá y coordinó el proyecto del Plan de Formación Nacional. Además, se desempeña como delegado del Obispo para el Ministerio Hispano y como director de Evangelización de la Diócesis de Camden, New Jersey.
Introduccion
La Renovación Carismática Católica siempre ha sido reconocida como un lugar donde se conoce al Espíritu Santo de manera doctrinal, pero, sobre todo, práctica, y donde los miembros de esta corriente se dejan guiar por Él. Así, esta sección presenta una teología bíblica, tanto teórica como práctica, de la Tercera Persona de la Trinidad. Con este propósito, el autor ofrecerá una introducción básica sobre la Teología del Espíritu Santo. Posteriormente, presentará el movimiento del Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento y se sumergirá en la demostración de cómo Jesús fue siempre guiado por el Divino Espíritu. A su vez, demostrará la importancia de la presencia del Espíritu Santo en los Apóstoles, con especial énfasis en Pentecostés. También mostrará el movimiento del Divino Espíritu en las primeras comunidades cristianas.
1. Conociendo al Espíritu Santo
En esta serie de artículos profundizaremos en quién es el Espíritu Santo. Mira, no estoy diciendo qué es el Espíritu Santo, sino quién es el Espíritu Santo. Note la diferencia entre “¿qué es?” y “¿quién es?”. “Que” se refiere a cosas, pero “quien” a personas. Esto es fundamental para que podamos entender a nuestro Dios y tener una relación íntima con cada una de las personas divinas de la Trinidad.
Cuando voy a predicar en algunos lugares, suelo hacer la pregunta: ¿Quién es el Dios de nosotros, los católicos? Muchos responden: “Papá Dios”, otros: “Jesús”, y algunos pocos dicen: “el Espíritu Santo”, pero, desafortunadamente, cada una de estas respuestas está incompleta. Tu Dios, mi Dios, nuestro Dios es la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Si leemos la Palabra de Dios en el Evangelio según San Mateo 3:16-17, encontramos: “Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Is 42,1 Al mismo tiempo se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el Amado; en él me complazco.”
En este hermoso texto de San Mateo vemos, en conjunto, a la Santísima Trinidad: estuvo Jesús, nuestro Señor, siendo bautizado por su primo, Juan el Bautista; además, se escucha la voz de Papito Dios que decía: «Este es mi Hijo Amado», y, a la vez, aparece como una paloma el Espíritu Santo descendiendo sobre Jesús. Tenemos un solo Dios; creemos en un solo Dios, pero creemos, como lo profesamos cada domingo en la Eucaristía, en un solo Dios que es trino, es decir, tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En una pequeña ciudad italiana llamada Siena, situada a aproximadamente una hora de Florencia, hay una gran riqueza espiritual. Allí vivió Catalina de Siena, una gran santa, además, doctora de la Iglesia, quien dijo: “El Espíritu Santo es el gran desconocido”. A su vez, en el libro de Hechos de los Apóstoles 19,1-2, se cuenta que Pablo llegó a Éfeso atravesando las regiones altas; encontró allí a algunos discípulos (He 8,17; He 10,44) y les preguntó: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?”. Le contestaron: “Ni siquiera hemos oído decir que exista el Espíritu Santo”.
Tal vez sabemos mucho sobre el Dios Padre; tal vez conocemos quién es Jesús, las maravillas que Él obra y su presencia en medio de nosotros. Es decir, sabemos mucho de estas dos personas de la Trinidad, pero ¿qué sabemos acerca del Espíritu Santo? Lastimosamente casi 2000 años después del encuentro de Pablo con estos discípulos de Juan en Éfeso, que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo a pesar de haber sido bautizados y ser cristianos, y más de seis siglos en que la gran doctora de la Iglesia Catalina de Siena expresó estas palabras, todavía parece que no conocemos bien al Divino Espíritu. ¿Será que se nos olvidó quién es? Sabes, Él está vivo; sigue moviéndose en el mundo, en la Iglesia y en tu vida.
Te invito a que en esta serie de artículos conozcamos un poco más a la tercera persona de la Trinidad, el verbo conocer en un sentido bíblico significa amar, a medida que estudiemos quien es el Espíritu Santo, vamos a experimentar más profundamente su amor, nos vamos a enamorar más de Él y vamos a poder conocer lo que sigue haciendo día a día en nuestras vidas.
2. El Espíritu del Señor del Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento se registran las veces en que aparece una referencia exacta a las palabras “Espíritu Santo”. Sin embargo, al analizar algunos textos, notamos la acción del Espíritu de Dios en la historia de la salvación.
En las tradiciones yahvistas y eloistas encontramos dos vertientes básicas del entendimiento del Espíritu: “En una mano, en un sentido antropológico, fue entendido como el aliento de vida recibido directamente de Dios. En la otra mano, espíritu fue entendido como un divino impulso el cual venía algunas veces por la vía de palabra de profecía o conocimiento o sabiduría”.[1] La tradición Deuteronomista nos presenta una versión bien carismática del Espíritu: “espíritu maravilloso trabajador, el cual viene sobre el receptor de una manera extática sea para manifestar una escogencia divina o en una instancia para proteger a David, el ungido de Dios de cualquier daño”.[2] Finalmente, podemos concluir la Pneumatología (Teología del Espíritu Santo) de la tradición sacerdotal con la siguiente definición: “El hombre, como el universo, vive y conoce la paz cuando el Espíritu de Dios sopla sobre su caos y la palabra de Dios dirige su vida”.[3]
En los profetas del exilio y retorno vemos el despertar de una nueva Pneumatología, empezando con Ezequiel y siguiendo bien ilustradamente con Jeremías e Isaías, tal como lo describe Montague: “La nueva alianza del corazón prometida por Jeremías será una alianza de un nuevo espíritu. Con Isaías el Espíritu del Señor parece ser un importante agente de la nueva creación”.[4] Además, en el mismo Isaías “el Espíritu sigue estando primordialmente ligado al rey como expresión de la presencia divina con vistas a las tareas de justicia y de prosperidad que tiene que desempeñar”.[5]
Finalmente, el Salmo 51:12-14 lleva a su culmen la teología del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, cuyas dimensiones personales y experienciales serán profundizadas en el Nuevo Testamento. Es así que deseo citar el canto del salmista: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu. No me rechaces lejos de tu rostro ni me retires tu espíritu santo. Dame tu salvación que regocija, y que un espíritu noble me dé fuerza”.
Como el fin de este artículo es presentar una teología práctica, también deseo mencionar algunos textos del Antiguo Testamento en los que vemos una labor activa del Espíritu Santo. No es posible aquí hacer un análisis exhaustivo de todos los textos, pero presentaré un ejemplo de cada una de las tres áreas en las que pretendo concentrarme: ministerio carismático, carismas espirituales y profecías del derramamiento del Espíritu Santo.
En primer lugar, veremos varias referencias a ministerios carismáticos, por ejemplo, cómo Dios revela, por medio de la palabra, conocimiento a Samuel, quien es el elegido para ser rey de Israel, y, a la vez, el Espíritu se posa sobre David, ungiéndolo para su ministerio (1 Sam. 16:6-13).
En segundo lugar, podemos hacer referencia a ciertos carismas del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento; un ejemplo típico se encuentra en los profetas, tal como vemos en el caso de Ezequiel: “Esa voz me dijo: Levántate, hijo de hombre, porque voy a hablarte. Cuando me habló, un espíritu entró en mí, me hizo permanecer de pie y escuché al que me hablaba (Ez. 2:1-4).
Finalmente, el Antiguo Testamento presenta varias promesas del derramamiento del Espíritu Santo, quiero aquí citar al profeta Joel, al cual se refiere el mismo apóstol Pedro después del derramamiento en Pentecostés, para usarlo como un enlace en nuestros próximos artículos del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento: “Después de esto, yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones. También sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días”. (Jl. 3:1-2).
[1] George T. Montague, The Holy Spirit: Growth of a Biblical Tradition, (New York, NY: Paulist Press, 1976), 16.
[2] Ibid., 32.
[3] Ibid., 68.
[4] Ibid., 60.
[5] Jesús M. Asurmendi, El Espíritu Santo en la Biblia (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 1998), 12.
A diferencia del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento presenta un mayor número de citas al Espíritu Santo, lo que proporciona una Pneumatología más estructurada. Dado que el propósito de estos artículos no es desarrollar un estudio del Espíritu Santo a través de las Sagradas Escrituras, me concentraré sólo en algunos conceptos que, lógicamente, no agotan la riqueza de la Pneumatología en el Nuevo Testamento. En particular, profundizaré en esta sección sobre cómo el Espíritu guio a Jesús en toda su vida terrenal.
Como vimos anteriormente, el Espíritu Santo ha estado actuando a lo largo de toda la historia de la salvación; sin embargo, con la venida de Jesús se da cumplimiento a muchas de las promesas del Antiguo Testamento. Es por obra del Espíritu Santo según lo afirma el evangelista Mateo (1:18) que María concibe a Jesús, pero desde el momento del bautismo en Él notamos un nuevo derramamiento del Divino Espíritu y el cumplimiento de muchas de las promesas de la antigüedad, tal como lo expresa Congar: “El evangelio, es decir, la comunicación a los hombres del hecho de que las promesas de salvación de Dios se cumplen en Jesús de Nazaret, comienzan con la llamada de Juan a la conversión y con el bautismo de Jesús. Aquí Marcos marca el comienzo de la Buena Nueva. Es el comienzo de ese tiempo escatológico, caracterizado por la donación del Espíritu a un pueblo de Dios con vocación universal. En su bautismo por Juan, Jesús es designado y consagrado como aquel por cuya palabra, sacrificio y acción del Espíritu entra en nuestra historia como don mesiánico”.[1]
Toda la vida pública de Jesús estuvo siempre guiada por el Espíritu Santo, como lo expresa Carrillo Alday: “Jesús está a la disposición del Espíritu Santo que lo llena”. Al instar del Espíritu, Jesús deja el Jordán y, bajo su guía continua, pasa cuarenta días en el desierto. La constante acción del Espíritu sobre Jesús se expresa mediante la forma pasiva “fue llevado”, empleada por el evangelista Lucas.[2] Así, con el poder del Espíritu Santo, va a Galilea y enseña en las sinagogas (Lc. 4:14-15). Luego, en la Sinagoga de Nazaret, afirma que el Espíritu del Señor le ha sido dado (Lc. 4:16-22). Además, Jesús se regocija en el Espíritu Santo (Lc. 10:21).
Finalmente, Lucas, tanto en el evangelio como en el libro de los Hechos, muestra la acción poderosa del Espíritu en Jesús, que lo guió siempre en las dos líneas principales de su ministerio público, es decir, en su enseñanza y en sus sanaciones. “Lucas no hace distinciones albitrarias entre las palabras “poder” (δύναμις) y “Espíritu” (πνευμα) siempre que se refiere a milagros. Por el contrario, los dos textos fundamentales donde Lucas asocia “poder” con “Espíritu” en Lc. 4:14 y Hch. 10:38 soportan la conexión de la victoria de Jesús sobre el demonio por la Palabra de Dios, conduciendo a ambos milagro y enseñanza”.[3]
Al igual que Jesús, abrámonos a la acción amorosa del Espíritu Santo y dejemos que el poder del Divino Espíritu conduzca toda nuestra vida para vivir en el gozo de Dios desde ahora y por toda una eternidad.
[1] Yves Congar, El Espíritu Santo, (Barcelona: Editorial Herder, 1991), 41-42.
[2] Salvador Carrillo, Power from on High, The Holy Spirit in the Gospels and Acts, (Ann Arbor, MI: Servant Books, 1978), 18.
[3] Edward J. Woods, The “Finger of God” and Pneumatology in Luke-Acts, (Sheffield: Sheffield Academic Press, 2001), 223.
4. Los Discípulos guiados por el Espíritu Santo
Jesús prometió a sus seguidores que convenía que Él se fuera para que ellos recibieran el poder del Espíritu Santo (Jn. 16:7). Deseo empezar este análisis del derramamiento del Espíritu en los discípulos, con las primeras palabras de Lucas en el libro de Hechos de los Apóstoles, en primera instancia porque Lucas tanto por su evangelio y el libro de Hechos es considerado el Evangelista del Espíritu Santo, dando varias presentaciones del mover del Espíritu en Jesús, los discípulos y luego en las primeras comunidades cristianas: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. (Hch. 1:1-5). A partir de este texto, algunos teólogos afirman que el culmen de la vida de Jesús no fue la resurrección, sino el derramamiento del Espíritu Santo: “Con la venida del Espíritu Santo, la misión de Jesús llega a su cumplimiento. Juan el Bautista ha dicho: “Yo los bautizo en agua, pero el que me sigue a mí es más poderoso de lo que yo soy; Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11). Y este es el punto culmen de la enseñanza de Jesús: “Los discípulos serán bautizados con el Espíritu Santo” [1].
Al igual que en el análisis de textos anteriores, existen diferentes exégesis de este pasaje bíblico. En primer lugar, las que relacionan el bautismo de Juan solo con el de conversión y el de Jesús como el “verdadero” bautismo cristiano, al que Lucas se refiere con la expresión “Bautismo en el Espíritu”. Pero la segunda vertiente es la de quienes relacionan estas palabras de Lucas con una nueva efusión del Espíritu Santo. Es claro que, a pesar de que los discípulos ya habían recibido anteriormente la gracia del Espíritu Santo, realizando diferentes prodigios, Pentecostés, o esa efusión del Espíritu Santo, marcó un camino nuevo en sus vidas de servicio y entrega.
Los discípulos de Jesús no solo escucharon sus enseñanzas acerca del Espíritu Santo a nivel personal, sino que también presenciaron sus grandes predicaciones y poderosos milagros, ambos realizados por el poder del Divino Espíritu. Posteriormente, la promesa de Jesús se hace realidad en Pentecostés, donde los apóstoles, junto con una gran cantidad de personas reunidas en el aposento alto, reciben la fuerza del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente, del cielo vino un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch. 2:1-4).
A pesar de las críticas que ellos recibieron por estar haciendo cosas fuera de lo común, el mismo apóstol Pedro, creyendo en las promesas de Jesús sobre el derramamiento del Espíritu y, de manera particular, apropiándose de la promesa del Antiguo Testamento en la que el profeta Joel afirma que se ha cumplido la promesa de un nuevo derramamiento del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, presentándose con los once, levantó su voz y les dijo: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén, que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están estos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercera del día, sino lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu”. (Hch. 2:14-18).
A partir de varios textos de los evangelistas, sabemos que los discípulos habían ejercido sus ministerios de predicación y sanación con gran eficacia; sin embargo, faltaba un momento clave que transformara por completo sus vidas. Ya que antes de esta escena de Pentecostés, todavía tenían miedo y temor de entregarse por completo a Jesús, pero a partir de ese momento, de la nueva efusión del Espíritu Santo, este grupo de seguidores de Jesús no solo continúa su ministerio profético, proclamando el kerigma con poder y acompañado de prodigios, sino que además empieza a vivir como su Señor, es decir, comienza una vida nueva, gracias al Espíritu Santo que habita en ellos, hasta tal punto que muchos de ellos derramaron incluso su misma sangre por el nombre de Jesús. Por lo tanto, podemos coincidir con Montague en que: “El sello del Espíritu sobre la autenticidad del discipulado es el poder de dar testimonio de Jesús incluso hasta la muerte” [2]. O, desde un punto de vista más misionológico, como lo describe Carrillo: “Este poder de lo alto transforma a los misioneros en testigos de Jesús resucitado” [3].
[1] Salvador Carrillo, Power from on High, The Holy Spirit in the Gospels and Acts, (Ann Arbor, MI: Servant Books, 1978), 74-75.
[2] George T. Montague, The Holy Spirit: Growth of a Biblical Tradition, (New York, NY: Paulist Press, 1976), 300.
[3] Carrillo, 76.
5. La experiencia de Pentecostés
Como cristianos, estamos llamados a vivir un Pentecostés permanente; cada día debemos pedir ser bautizados en el Espíritu Santo para ser guiados por su poder y amor. Pero para entender qué significa Pentecostés, debemos volver a la escena del aposento alto, donde María, los apóstoles y un grupo más de personas recibieron este poder de lo alto para ser testigos de Jesús. Así, analizaremos en este artículo algunos aspectos del primer Pentecostés, narrado en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles.
“Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estaban todos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo, vieron aparecer unas como lenguas de fuego que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. Entonces fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca”.
La primera característica que quiero resaltar es que todos estaban en un mismo lugar; esto significa unidad, no solo física, sino también espiritual. Así, para vivir un Pentecostés constante, debemos vivir como hermanos y hermanas, a semejanza de la primera comunidad cristiana, cuidando unos de otros. Pero más aún, debemos estar unidos espiritualmente, estar juntos en el “aposento alto”, es decir, todos unidos como Iglesia con los lazos del mismo Espíritu Santo, en una misma y permanente oración: “Ven, Espíritu Santo, Ven, Espíritu Santo”.
En segundo lugar, el Espíritu Santo es creativo, original y sorprendente. En esta escena descendió como lenguas de fuego, como viento impetuoso. Pero en muchos otros pasajes bíblicos se mueve de distintas maneras. Yo no recuerdo la homilía de mi confirmación, pero jamás olvidaré un domingo en California, cuando atendía la misa dominical y, sin saberlo, un obispo retirado presidía las confirmaciones en esa parroquia. Durante su homilía, les dijo a los jóvenes que se confirmarían: ¿Ustedes creen que el obispo tiene el poder para que el Espíritu Santo descienda hoy de una forma nueva sobre ustedes? Por si no lo creen, miren este foco que tengo en mi bolsillo. Miren, no tienen luz, pero ahora observen cómo lo hice con mi anillo de obispo: inmediatamente, el foco se encendió. Así, cuando yo imponga mis manos sobre ustedes, el Espíritu Santo no descenderá en forma de fuego porque ya existe electricidad, pero lo seguro es que Él vendrá y los iluminará. Creo que estos jóvenes, al igual que yo, no olvidarán ese día. Así, debemos estar abiertos a las sorpresas del Divino Espíritu. Lo seguro es que Él siempre descenderá cuando lo invoquemos. ¿De qué manera? Él es siempre diverso: a unos dará alegría, a otros lágrimas sanadoras, a otros paz, a otros descanso espiritual. Estemos abiertos a sus sorpresas y no los encasillemos, ya que Dios es siempre nuevo.
Finalmente, en esta escena, los apóstoles empiezan a hablar en diversas lenguas. Es decir, cuando el Espíritu Santo desciende en Pentecostés, regala nuevos dones y carismas. El primordial deseo de vivir en un Pentecostés permanente es estar llenos de la presencia de Dios mismo. Pero como consecuencia del derramamiento del Espíritu Santo en nosotros, se da el fortalecimiento con dones y carismas. No siempre los dones que nosotros deseamos, pero sí los que el Espíritu sabe que necesitamos para cumplir la misión que Dios nos encomienda.
Por lo tanto, pidamos diariamente un nuevo derramamiento del Espíritu Santo y dejemos que Él nos sorprenda al sentir su presencia en medio de nuestras vidas. Pidamos sin temor sus carismas, estando abiertos a los que Él desea regalarnos, y así vivamos en un Pentecostés permanente, para poder gritarle al mundo, con nuestra palabra y testimonio, que Jesús está vivo.
6. La acción del Espíritu Santo en las primeras comunidades cristianas
El derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés trajo como consecuencia un gran impulso misionero que llevó a la constitución de nuevas comunidades cristianas.
El libro de los Hechos muestra, en varias ocasiones, la acción majestuosa del Espíritu Santo en diversos líderes y comunidades. Tal es el caso de los diáconos escogidos para ministrar a las viudas, quienes eran hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría (Hch. 6:3-5). El primer mártir, Esteban, era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hch. 6:5). Felipe, movido por el Espíritu Santo, evangeliza y bautiza al etíope (Hch. 8:26). Ananías es un instrumento para que Pablo reciba el Espíritu Santo (Hch. 9:17).
Además, vemos varios “mini-pentecostés”: en primer lugar, durante la oración de Pedro y Juan en Samaria, un texto en el que volvemos a notar el contraste entre el bautismo de Jesús y el Bautismo en el Espíritu Santo (Hch. 4:14-17). En segundo lugar, el “mini-pentecostés” en la casa de Cornelio durante la enseñanza de Pedro, donde vemos que la promesa del Espíritu Santo es para todos (Hch. 10:44-48). Finalmente, el “mini-pentecostés” de los discípulos de Éfeso por la oración de Pablo (Hch. 19:1-6).
Como católicos, fundamos nuestra fe y experiencia en las Sagradas Escrituras; por lo tanto, estos últimos tres pasajes nos llevan a concluir que los hombres y mujeres de las primeras comunidades cristianas recibieron una nueva efusión de Espíritu Santo, en lo cual nos basamos, los que promovemos el Bautismo en el Espíritu Santo, justificando que no es algo nuevo, sino que es una experiencia que se dio en los inicios del cristianismo y, a su vez, es una promesa para toda la humanidad; por tanto, debemos retomarla y promoverla hoy en día.
Debemos, al igual que las primeras comunidades cristianas, dejar que el Espíritu Santo se derrame de manera nueva en nuestras vidas y que su acción nos mueva a vivir en amor en cada uno de nuestros grupos y comunidades.
El apóstol Pablo, al escribir a varias de las primeras comunidades cristianas, nos deja una gran pneumatología. En las cartas a los Tesalonicenses y a los Filipenses, “el Espíritu es descrito como el Espíritu de Jesucristo en lugar del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios o el Espíritu del Señor”. En la carta a los Gálatas, vemos una estrecha relación entre la ética y el Espíritu Santo: “el Espíritu libera de la ley precisamente porque la vida ética que él da es superior a la perfección disponible bajo la ley”.
El punto central de la Pneumatología en la carta a los Romanos está estrechamente ligado a la vida cristiana y consiste en: “el papel del Espíritu Santo como la presencia efectiva del amor de Dios, acompañando y sosteniendo al cristiano en su caminar”.
Además, en el área de la Pneumatología Práctica, deseo presentar tres textos clave en los que la Renovación Carismática ha puesto énfasis en el recibimiento y el uso de los dones del Espíritu Santo. En primera instancia, en la carta a los Romanos: “Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros.Pero teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; si es el ministerio, en el ministerio; la enseñanza, enseñando; la exhortación, exhortando. El que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad. Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor;”. (Rm. 12:4-11).
El segundo pasaje que da instrucciones básicas sobre los carismas es en la carta a los Efesios: “A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino de acuerdo con los dones de Cristo. Él mismo “dio” a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el correcto ordenamiento de los santos en función de las responsabilidades del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo, siendo sinceros en el amor, creciendo en todo hacia Aquél que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe unión y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”. (Ef. 4:7-16).
Por último, Pablo, en su carta a los Corintios, así como en Romanos y Efesios, pero de manera más profunda, nos deja un gran legado sobre los carismas y su uso para la edificación del cuerpo de Cristo, siempre basado en el amor. Aquí solo presentaré algunos versículos, pero los capítulos 12, 13 y 14 de la Primera Carta a los Corintios ofrecen una gran enseñanza en este tema: “Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de sanidades, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las realiza un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad. Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, forman un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Cor. 12:8-12).
Finalmente, y con el propósito de este artículo, que se concentra en el trabajo pastoral de la Renovación Carismática, deseo concluir con el punto vital que presenta Pablo entre los carismas y la caridad, tanto en la Carta a los Romanos como en la Carta a los Efesios, pero en particular en su Primera Carta a los Corintios. Cantalamessa lo resume de la siguiente manera: “Reconocimiento de los carismas como factor determinante para la construcción y crecimiento del cuerpo de Cristo, pero subordinación de los carismas a la caridad, es decir, subordinación de la manifestación del Espíritu a su permanente habitación interior”. De aquí que una Pneumatología paulina nos enseña que los carismas no son el punto principal de una vida cristiana, pero su uso adecuado para el bien de la comunidad nos ayuda a tener una verdadera caridad, clave para llevar una vida auténtica en Dios. El movimiento interior del Espíritu en nuestros corazones nos impulsa, con amor, a usar los carismas, pero con el único fin de llevar el amor de Jesús a quienes lo necesitan.
1 George T. Montague, The Holy Spirit: Growth of a Biblical Tradition, (New York, NY: Paulist Press, 1976), 132.
2 Ibid., 203.
3 Ibid., 215.
4 Raniero, Cantalamessa, The Mystery of Pentecost, (Collegeville, MN: The Liturgical Press, 2001), 50.

